Monte Cilda

Monte Cildá, memoria de un lejano pasado guerrero

Elegir un solo paisaje de todos los que nos rodean resulta una tarea, sobre todo, injusta. Las posibilidades son tantas y tan diversas que cada vez que escojamos un entorno en particular, no podremos evitar sentirnos culpables por todo lo que se queda fuera. Pero si me viera en la necesidad de resumir en una sola imagen la Montaña Palentina a un hipotético viajero, por muchas razones, elegiría la del Cañón de la Horadada desde Monte Cildá.

Por una cuestión práctica, me van a permitir que obvie una ruta para alcanzar este punto que también sería actividad obligada y que parte desde el eremitorio rupestre de Olleros de Pisuerga; en esta ocasión prefiero tomar la ruta turística para centrarme en el destino en cuestión. Así que, llegando desde Aguilar de Campoo, por ejemplo, pasamos Olleros y, a la salida del pueblo veremos, bien señalizado, el camino que nos ha de llevar a Monte Cildá.

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Sin bajarnos del coche podemos seguir una pista forestal durante un par de kilómetros hasta llegar a un cruce en el que una pequeña señal de elaboración claramente artesanal nos indica que ha llegado el momento de echar pie a tierra y andar aunque no demasiado.

Monte Cilda Monte Cilda

La accesibilidad de este paseo es también uno de sus puntos fuertes. Son apenas 300 metros por una pendiente moderada lo que hay que andar, dificultad cero absoluto; la señora Juana, que es mi madre, a sus 91 años lo hizo sin problemas así que no quiero excusas.

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Las piedras en lo alto de la colina nos dirán que el lugar al que llegaremos en apenas unos minutos es algo más que un paisaje estrictamente natural. Si nos fijamos, podemos ver parte de lo que en su día fue una muralla y dónde pudieron estar situadas las torres de vigilancia. Ahí es precisamente donde radica precisamente buena parte del interés, encanto y capacidad de sorpresa de esta visita. Atentos.

Monte Cilda Monte Cilda

Se sabe que en el siglo I a.C. hubo un asentamiento cántabro, lo que los romanos denominaban oppidum. Se trataba de poblados fortificados, generalmente aprovechando defensas naturales, que servían de refugio a los habitantes de la zona en caso de amenaza. Además, desde los oppida, (plural de oppidum, de la segunda declinación, que hay que explicaros todo) se controlaban las tierras de cultivo y los asentamientos que solían pertenecer a un mismo clan. Al parecer, el clan que estaba instalado en este oppidum era el de los Vellicum, y la ciudad que estaba aquí se conocía como Vellica. Esto lo sabemos porque el geógrafo romano Ptolomeo lo menciona como uno de los pueblos cántabros.

Esto cambia a partir del año 27 a.C. cuando el emperador romano César Augusto hace inventario y decide que ya es hora de conquistar los territorios que faltan para completar un Imperio Romano que cubriera toda Europa. En Hispania quedaban los territorios ocupados por cántabros y astures y en el norte los germanos. En los primeros, el emperador dirige personalmente la invasión y no se anda con rodeos.

Hasta Vellica llegan con dos legiones (la Cuarta de Macedonia y la Novena de Hispania, 5.120 + 4.500) esto supone algo así como 10.000 soldados. Para que os hagáis una idea, se cree que en toda la Península Ibérica no había más de 4 millones de personas, por lo que era un ejército inmenso para la población cántabra de la época. Por supuesto ganan y la ciudad pasa a llamarse Villegia.

El potencial del ejército romano era tan superior que la conquista de la antigua Cantabria, que incluía también Asturias y el Norte de Castilla León, se llevó a cabo en apenas cuatro años. La Wikipedia nos dirá que las guerras astur-cántabras duraron diez años, pero en realidad, después de los cuatro primeros años de batallas, la guerra ya estaba ganada y de forma aplastante además, porque las bajas del lado local equivalieron prácticamente a todos los pobladores en edad de combatir. Después solo quedaron núcleos aislados que combatían en guerrillas, algo así como el poblado de Asterix. Ante estos, muchas veces los romanos ni siquiera tenía que entrar en combate, bastaba con aislarlos y esperar a que el invierno forzara su rendición.

La conquista de los pueblos germánicos con las que se consiguió el propósito del emperador fue más complicada. César Augusto no pudo ver completo el imperio y fue su sucesor, Tiberio, el que por fin lo logró ya en el año 16 d.C. después de 27 años de guerras, tuvo que mandar a Rusell Crowe… en fin, un lío.

El caso es que los romanos, que de tontos tenían poquito, aprovecharon el potencial estratégico del oppidum y lo convirtieron en campamento militar permanente, un castro en el sentido militar romano. Sabemos por el Itinerario de Barro, que eran cuatro tablillas en las que se describían cinco rutas que usaban los romanos, que tenían una entre León y Suances que utilizaba la Séptima Legión, para controlar la zona norte y que precisamente aquí tenían uno de sus puntos para pasar la noche, abastecerse o lo que necesitaran.

Aquí estuvieron hasta que en el siglo V comienzan las invasiones germánicas, llegan los visigodos y el castro resiste unos 150 años. En este tiempo tienen que reforzar la muralla, por lo menos, hasta en tres ocasiones, lo que nos viene a decir que fue un castro en el que hubo ataques o, al menos, amenazas durante todo este tiempo.

Los visigodos hicieron exactamente lo mismo que habían hecho los romanos, ocuparon el asentamiento de Monte Cildá por su importancia estratégica y estuvieron aquí otros 150 años más.

 

Llegan los musulmanes, pero no lo utilizan como asentamiento. Durante la reconquista, los cristianos tampoco lo ocupan, la zona había quedado prácticamente abandonada y su interés estratégico había menguado considerablemente así que optaron por recurrir a la reutilización de recursos y aprovecharon la piedra para construir otras fortificaciones en áreas de mayor población, como el castillo de Aguilar.

A finales del siglo XIX el Marqués de Comillas realiza las primeras prospecciones arqueológicas y se encuentran treinta estelas funerarias de la época romana. Más tarde se encontró una tesera que resultó ser la primera cántabra descubierta con lo que se confirmaba el origen cántabro del asentamiento. La tesera era una pieza de madera o metal que servía como contraseña o salvoconducto para permitir el paso. En este caso era una tesera de hospitalidad que los pueblos celtíberos solían usar para identificar a los visitantes. Estaban constituidas por dos partes encajaban formando la pieza completa. Una mitad se la quedaba el anfitrión y la otra se la llevaba el visitante. Así, si años más tarde, tal vez muchos, el huésped visitaba de nuevo a su antiguo anfitrión, podía identificarse. Las téseras se heredaban de padres a hijos, de forma que el pacto de hospitalidad seguía vigente generación tras generación.

La mayoría de estas piezas se conservan en el Museo Arqueológico de Palencia y lo que queda aquí, por su importancia y antigüedad, está en serio riesgo de deterioro. De hecho, el Monte Cildá está incluido en la Lista Roja de Patrimonio en peligro, así que hay que tener todo el cuidado posible con no alterar los restos.

Sobre el paisaje, poco se puede decir. Recordemos el origen estratégico y militar del castro: por el lado oeste, por el que hemos llegado, domina una gran extensión de terreno que prevenía de ataques sorpresa; por el este, ahora podemos comprobar que cualquier hipotético ataque habría sido sencillamente imposible. A nuestros pies se abre el Cañón de la Horadada excavado por el río Pisuerga.

Monte Cilda

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Al otro lado, la cornisa del cañón repleta de galerías y cuevas naturales; al norte, siguiendo el curso del río, Aguilar de Campoo dominado por el castillo construido con las piedras que un día fueron parte del antiguo castro en donde nos encontramos.

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